“¿Por qué no elegimos hombres que tengan tanto carácter como dones para el liderazgo de la iglesia?” La respuesta es sencilla: ¡Deberíamos! De hecho, es el estándar bíblico: los ancianos y los diáconos deben ser hombres de carácter y dones probados (1 Timoteo 3; Tito 1:5-9). Si alguien está calificado en ambas áreas, ¡alabado sea el Señor! Deberíamos estar más que listos para reconocer a estos hombres.

Pero a menudo, cuando se hace esta pregunta, lo que realmente se está preguntando es: “¿Por qué no elegimos al hombre que sea un predicador enérgico, dinámico y con presencia, y también un hombre de carácter sólido?” Tendemos a entender los dones según lo externo o visible, especialmente aquellos dones que nos atraen: enseñanza poderosa, liderazgo carismático o personalidades influyentes.

Sin embargo, la Escritura nos da una perspectiva mucho más amplia y saludable. En 1 Corintios 12, Pablo compara a la iglesia con un cuerpo, recordándonos:

“Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? … Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:17-18)

No todos los líderes necesitan ser “mano” u “ojo”, aquellas partes que todos ven y reconocen. Algunos líderes atienden silenciosamente a las necesidades de la iglesia, ofreciendo sabiduría, fidelidad o discernimiento que pueden pasar desapercibidos pero que son igual de cruciales. En ocasiones, la influencia más significativa no viene del púlpito, sino mediante la oración, el pastoreo o el consejo; dones que pueden pasar desapercibidos pero que sostienen a la iglesia a largo plazo.

Este es un ejemplo: He servido con un anciano que rara vez predicaba, pero a lo largo de los años ha caminado silenciosamente con docenas de miembros de la iglesia durante tiempos difíciles, ha orado fielmente por el rebaño y se ha preocupado profundamente por toda la congregación. Quizás no tenga el don más visible, pero su carácter y su amor por Cristo brillan, y la iglesia se edifica gracias a ello.
 


En ocasiones, la influencia más significativa no viene del púlpito, sino mediante la oración, el pastoreo o el consejo;  dones que pueden pasar desapercibidos pero que sostienen a la iglesia a largo plazo.


Es fácil enaltecer los dones “grandes”, aquellos que atraen multitudes o ganan reconocimiento. Pero el liderazgo bíblico siempre es cuestión tanto de carácter como de dones. Y también es un liderazgo compartido. James Montgomery Boice escribió: “Es notorio que en el Nuevo Testamento el Espíritu Santo nunca guio a nadie a designar solo un anciano o un obispo en un lugar. Siempre se habla de ancianos (plural) u obispos (plural)”.

El liderazgo compartido ayuda a equilibrar los dones dentro de un equipo de ancianos pastores. Algunos ancianos pueden ser excelentes predicadores, otros pueden ser consejeros sabios y algunos administradores muy competentes. Lo importante no es que todos los ancianos tengan los mismos dones, sino que cada anciano sea calificado y complementario.

Cuando se hace la pregunta “¿por qué no elegimos hombres que tengan tanto carácter como dones para el liderazgo de la iglesia?” Yo respondo: Si un hombre está bíblicamente calificado (ver 1 Timoteo 3 y Tito 1) y es llamado por Dios, su combinación única de dones beneficiará a la iglesia. Dios diseña el cuerpo, y cada parte es esencial. Nunca se trata solamente de una elección entre “esto o lo otro”, sino de reconocer que cada don y cada líder calificado son valiosos para edificar la iglesia.

Seamos agradecidos por los hombres de carácter y los dones que aportan, ya sean visibles o poco notorios, confiando en que Dios designa y equipa a cada líder para el bien de su iglesia.

¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.

Te invitamos a orar por el crecimiento de este ministerio y por que Dios provea los recursos necesarios para seguir sirviendo a su iglesia.

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