En nuestro primer blog de esta serie, establecimos las bases de por qué el carácter, no los dones, debe ser central a la hora de elegir líderes para la iglesia. En nuestra segunda entrada, afirmamos que el liderazgo bíblico genuino implica que tanto el carácter forjado por el Espíritu como los dones dados por Dios trabajen juntos. ¿Pero qué ocurre cuando hay un buen don, pero no hay carácter?
La tercera carta del apóstol Juan nos ofrece una visión poco común del conflicto en la iglesia:
“Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia” (3 Juan 9–10).
¿Quién era Diótrefes? Aunque se dice relativamente poco, el contexto lo deja claro: era un hombre de gran influencia, probablemente un líder con un talento considerable. Piensa en qué se necesitaba para oponerse al amado apóstol Juan y tener la capacidad y la audacia de “expulsar a otros de la iglesia”. Diótrefes debió poseer un carisma notable y una fuerza de personalidad.
Pero todos sus dones eran inútiles porque no coincidían con el carácter que un líder de la iglesia, específicamente un anciano, está llamado a tener. Juan dice que a Diótrefes “le gusta tener el primer lugar”. Su liderazgo se trataba de sí mismo, no de Cristo ni de la iglesia. Sus palabras estaban llenas de calumnias. En lugar de acoger a los hermanos fieles, Diótrefes rechazaba a aquellos a quienes no podía controlar. Al final, sus grandes dones sólo servían para sus propios intereses.
Diótrefes no es sólo una figura histórica; su historia se repite dondequiera que la iglesia pasa por alto el carácter en favor del carisma. Quizás hoy veamos líderes con poderosos dones de predicación, una visión audaz o una presencia carismática, pero impulsados por el interés propio, un deseo de control o hambre de reconocimiento. Los resultados externos pueden ser impresionantes por un tiempo, pero el fruto espiritual es amargo: división, temor, orgullo y personas silenciosamente “excluidas” de la comunión (posiblemente para nunca regresar).
“Algunos de los líderes que estamos formando, y, si somos honestos, algunos de los líderes que queremos, tienen cualidades que están ausentes o son completamente opuestas a la lista de características de liderazgo establecidas en las Escrituras.
– Michael Kruger
Cuando el liderazgo está impulsado por el deseo de “ser el primero”, los dones que Dios deseaba para la edificación de su iglesia se convierten en herramientas para edificar un reino humano. Este es un recordatorio aleccionador: los dones nunca sustituyen a la piedad.
Creo que Michael Kruger en Bully Pulpit (Púlpito intimidador) lo resume mejor:
“Permítanme plantear el problema de forma sencilla. Algunos de los líderes que estamos formando, y, si somos honestos, algunos de los líderes que queremos, tienen cualidades que están ausentes o son completamente opuestas a la lista de características de liderazgo establecidas en las Escrituras. Hemos tolerado e incluso celebrado precisamente el tipo de líderes contra los cuales Jesús nos advirtió: ‘[Los] gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas… Pero no será así entre vosotros’ Marcos 10:42–43, (énfasis mío). Tales líderes encarnan la esencia del abuso espiritual, son dominantes, autoritarios y tiranos en su manera de gobernar a quienes están bajo su cuidado” (Bully Pulpit, pág. xiii).
En la misma carta, Juan destaca a otros dos hombres, Gayo y Demetrio, cuyas vidas rebosaban de carácter cristiano:
“Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios… Todos dan testimonio de Demetrio, y aun la verdad misma; y también nosotros damos testimonio, y vosotros sabéis que nuestro testimonio es verdadero” (3 Juan 11–12).
Velemos y oremos, para que el síndrome de Diótrefes (“[gustar de] tener el primer lugar”) no extienda raíces entre nosotros.
Gayo y Demetrio fueron elogiados por su fidelidad, hospitalidad y la verdad que vivían. Su legado fue la devoción, no el deseo de estar a cargo.
La tragedia de Diótrefes es una advertencia para toda iglesia y todo líder. Los dones pueden ser una gran bendición, pero si no somos conscientes, pueden convertirse en una piedra de tropiezo, en combustible para el orgullo y sembrar división en lugar de edificar.
Seamos iglesias que estiman el carácter. Velemos y oremos, para que el síndrome de Diótrefes (“[gustar de] tener el primer lugar”) no extienda raíces entre nosotros. Reconozcamos y formemos líderes cuyos dones fluyan del fruto del Espíritu, no de la ambición egoísta.
“Amado, no imites lo malo, sino lo bueno” (3 Juan 11).
Busquemos dones, pero siempre sobre el fundamento de un carácter piadoso. Debemos “apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28b) Éste es el recurso más preciado que el mundo haya visto jamás, y si la iglesia vale lo que el Señor pagó por ella, entonces vale la pena invertir tiempo en el carácter.
¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.
Te invitamos a orar por el crecimiento de este ministerio y por que Dios provea los recursos necesarios para seguir sirviendo a su iglesia.
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