Poco después del nacimiento de la Iglesia en el día de pentecostés, algunas de las viudas cristianas comenzaron a quejarse de ser perjudicadas en la distribución diaria de comida (Hechos 6). Los rumores de este creciente descontento pronto llegaron a los oídos de los apóstoles. Como líderes dentro de un grupo que crecía con rapidez, los apóstoles eran personas muy ocupadas, no solamente con las responsabilidades de la enseñanza, la predicación, y la oración, sino también en reuniones con las autoridades cívicas locales. Pero también tenían una participación importante en la atención de las necesidades de la gente (Hechos 4:31-5.16) y no podían ignorar esta protesta. ¿Qué debían hacer?
Es interesante notar aquello que no hicieron; no negaron la existencia del problema, ni pidieron los nombres de los revoltosos. Obviamente no necesitaban añadir más tereas a sus ocupaciones diarias, pero era evidente que aquellos que servían a las viudas estaban fallando, ya fuera por falta de voluntad o de autoridad al tratar con los reclamos de los grupos étnicos rivales. Los apóstoles también sabían que no debían sacrificar sus deberes más importantes en su condición de líderes espirituales, para ocuparse de los asuntos temporales de la iglesia. ¡Esto constituye un claro mensaje para la iglesia de hoy!
Tres cosas resultan evidentes. En primer lugar, los apóstoles conocían bien sus prioridades. En segundo lugar, sabían que ignorar el problema perjudicaría a la obra. En tercer lugar, discernieron que la raíz del problema no era una falta de recursos (escasez de alimentos o fondos), sino algo que afectaba la integridad y autoridad. En tres breves frases, los apóstoles trazaron un plan:
Pensemos brevemente en estos “colaboradores de los ancianos”, que normalmente son llamados diáconos. La fraseología cuidadosa del texto está llena de enseñanzas. La multitud debía escoger a hombres calificados, los cuales debían ser de buen testimonio, vivir en estrecha comunión con el Señor, y poseer una sólida cualidad interior, con aquella sabiduría que proviene de la experiencia. La congregación fue encargada con la responsabilidad de buscar estas personas, y presentárselas a los apóstoles.
No leemos de la participación de los apóstoles en esta acción. Se supone que los miembros de la iglesia merecían la confianza para hacer una selección sabia, y convenía que así fuera, porque aquellos diáconos iban a servir a la iglesia. Sin embargo, la autoridad de aquellos para actuar ¡no fue otorgada por la multitud! Los apóstoles les “impusieron” las manos y así les concedieron autoridad para servir como sus representantes. Como siervos delegados, estos hombres iban a ministrar a la congregación con el pleno apoyo de sus líderes espirituales, quienes ahora podrían dedicarse a su tarea más importante; ocupar su tiempo en la Palabra y en la oración.
Algunos han objetado que en Hechos capítulo 6 no se hace referencia a diáconos, dado que la palabra “diácono” no aparece. Aunque la palabra griega para siervo (diakonos) no se utiliza en el pasaje, las palabras similares para servicio y ministerio (diakonía, diakonein) son usadas en los primeros dos versículos. Cuando Pablo escribió a los Filipenses unos treinta años después, ancianos y diáconos eran las dos responsabilidades normales en la iglesia, y es razonable asumir alguna explicación anterior del término. En su carta a Timoteo, Pablo da pautas para ayudar a las nuevas iglesias en el reconocimiento de diáconos (1 Timoteo 3).
De todos modos, el punto focal de este tema es: ya sea que una asamblea haya formalmente reconocido diáconos o no, sus ancianos deben delegar en otros los asuntos temporales apremiantes con el fin de poder preservar las prioridades espirituales del liderazgo.
En muchas iglesias locales, “las reuniones de ancianos” realmente son reuniones de diáconos. Después de comenzar con oración, se habla de diferentes temas generales, dedicando la mayor parte del tiempo a asuntos financieros y materiales, como también a los programas de la asamblea, y quizás personas y situaciones difíciles. Si se abren las Escrituras, es generalmente para probar algún punto o encontrar un pasaje que tiene aplicación al problema del momento. Raras veces se escucha de un grupo de ancianos reuniéndose para “dedicarse a la oración, y el ministerio de la Palabra” (Hechos 6:4) es decir, para orar por unidad, visión y dirección para la obra, y para el estudiar de las Escrituras simplemente con el fin de conocer mejor al Señor, las verdades de la fe, y la dieta espiritual para alimentar el rebaño.
Aquellos que son reconocidos para efectuar la tarea de diáconos cobraran ánimo en saber que además de servir al pueblo del Señor, también protegen a los ancianos de llegar a ser espiritualmente inútiles por una pérdida de contacto íntimo con la Cabeza de la Iglesia: Cristo mismo. Los ancianos no deben olvidar tampoco, que los diáconos sirven bajo su autoridad y dependen del apoyo de ellos en tiempos difíciles. Además, los diáconos dedican de su tiempo a la obra como un sacrificio para el Señor, a fin de que los ancianos puedan estar más libres para servir juntos al Señor. Los diáconos pueden llegar a desanimarse si los ancianos simplemente usan este tiempo libre para otros detalles temporales de la obra en vez de dedicarse a la labor principal de los ancianos, que es pasar tiempo en la Palabra y en oración. Qué cada anciano medite sobre estas palabras, “No es justo que nosotros dejemos la Palabra de Dios, para servir a las mesas”.
No es casual que después de que dicho problema en la iglesia de Jerusalén fue resuelto por la elección y reconocimiento de hombres capaces, que encontramos a continuación el siguiente resumen: “Y crecía la palabra del Señor. Y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; y muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hechos 6:7).
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