En nuestro blog anterior, consideramos la pregunta, “¿Cuán importante es la unidad?” y concluimos que es vital, y que una de las responsabilidades más importantes de los ancianos es salvaguardar la unidad de la iglesia. Puesto que a los ancianos también se los denomina “sobreveedores”, o quienes “cuidan” a los santos y sus actividades, esto sería una prioridad en la lista de sus deberes.
En el blog de hoy, veremos cómo los líderes de la iglesia primitiva preservaron la unidad en sus relaciones.
Un pasaje clave sobre el tema es Hechos 15, frecuentemente referido como “El concilio de Jerusalén”. No tenemos espacio para hacer un estudio detallado de los antecedentes del problema, pero basta decir que la joven iglesia en Antioquía estaba siendo perturbada por las enseñanzas provenientes de Jerusalén, y que podrían fracturar la unidad, es decir, que los gentiles creían que debían virtualmente convertirse a las practicas judías para ser salvos. Cuando el desacuerdo no pudo resolverse, se tomó la decisión de enviar una delegación a Jerusalén para que investigara.
Sabemos que el problema fue resuelto y que la obra del Señor siguió adelante, pero nos enfocaremos en cómo se preservó la unidad en una situación que podría haber dividido a los creyentes, dando como resultado una “iglesia judía” y una “iglesia gentil”. Me gustaría sugerir tres principios que surgen del texto y que merecen ser considerados seriamente en la iglesia hoy.
1. Toda la iglesia estuvo involucrada en el asunto de principio a fin
No podemos estar seguros de si las enseñanzas desestabilizadoras mencionadas anteriormente tenían lugar durante un ministerio público, o sólo informalmente “de casa en casa”, pero una vez que se tomó la decisión de enviar una delegación a Jerusalén, leemos que fueron enviados por la iglesia (v.3- NVI).
A.C. Gabelein comenta: “Toda la asamblea estuvo de acuerdo con el viaje.”
Esta participación de los creyentes no fue una circunstancia especial, sino un curso normal de acción sugerido por la redacción del siguiente versículo. “Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos…” (vs. 4). ¡Observa el orden! Esto recuerda la manera de dirigirse de Pablo en la carta a los Filipenses: “a todos los santos… con los obispos y diáconos.” (Fil 1:1). De hecho, esparcido a lo largo de este pasaje, existen no menos de 10 declaraciones o insinuaciones, de que los creyentes en general estuvieron involucrados en todo momento.
Esta es una buena lección para nosotros. El Nuevo Testamento describe a los ancianos como sirviendo “entre los santos” (véase I Pedro 5:1; Hechos 20:28 [texto griego], I Tes. 5:12;), y no legislando en sesiones a puerta cerrada. Esto elimina la necesidad de que los creyentes se informen mediante el “radio pasillo”, cuya información puede resultar notoriamente inexacta.
Desde luego, ocasionalmente habrá asuntos que requieran confidencialidad, pero en el curso normal de los eventos que enfrenta la iglesia, una comunicación clara desde el principio será mejor que un “control de los daños”, una vez que se corra la voz y las preguntas se arremolinen.
2. Llegar a la unidad es un proceso
No hay registro de la cantidad de tiempo que transcurrió hasta que se logró un acuerdo en el concilio. Pero de una cosa podemos estar seguros, la celeridad no fue la consideración principal. Entonces, ¿cómo pudo una situación en la que los hombres tuvieran puntos de vista diferentes, y argumentaran convincentemente a favor de ellos, terminar en armonía y unidad? En el versículo 2, las palabras insinúan un agudo desacuerdo. Un viejo escritor ofreció este comentario pintoresco: “La controversia se acaloró en Antioquía”.
Sin embargo, en la carta enviada desde el concilio, tenemos esta afirmación en el versículo 25, cuya traducción literal es: “nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo…”. En otras palabras, donde existía la desunión, ahora había armonía. ¿Cómo sucedió eso?
Se relataron los acontecimientos históricos recientes en los que se describió el accionar de Dios, se compartieron testimonios e informes, se citaron las Escrituras y se propuso un plan. Aparentemente la evidencia era convincente. Esta es una excelente lección. La comunicación honesta y abierta no debe ser vista como una enemiga, sino como una aliada. El Señor Jesús es “La Verdad”, y nos dijo que la verdad nos hace libres (Juan 8:32).
¿Y cuál fue el resultado? ¿Qué podría ser más claro y reconfortante que las siguientes afirmaciones?: “Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos…” (v. 22). Observa el siguiente versículo: “y escribir por conducto de ellos: Los apóstoles y los ancianos y los hermanos… salud…” (v. 23). ¡He citado así el versículo, añadiendo un énfasis para mostrar que la unidad producida no estuvo circunscripta solo al liderazgo!
La iglesia del Nuevo Testamento depende del Señor, no sólo para abrir y cerrar puertas, sino también de Su guía en los momentos de las decisiones. Cuando los hombres buenos y sinceros discrepan, es sabio seguir este principio: detenerse, orar, comunicarse. La historia es clara que muy a menudo la mente de Cristo no reside en la mayoría. Nuestro anhelo por descubrir el pensamiento del Señor en un asunto debe pesar más que todas las demás consideraciones, presiones de grupos de intereses particulares, inquietudes económicas, tradiciones, etc.
¡Llegar a la unidad puede ser un trabajo difícil! Puede llevar tiempo y oración. Pero la recompensa vale la pena, tal como se ve en el siguiente punto.
3. La unidad del corazón es una obra sobrenatural del Espíritu Santo
Aparte de la inspiración divina, ¿cómo podría un grupo explicar los planes propuestos diciendo: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros…“? (v. 28). Esta era una declaración asombrosa. Sin embargo, podemos estar seguros de que era cierta. Y no resultó la observación de alguien en particular. ¡Estaba escrita en la carta a todas las iglesias!
Nótese que, a lo largo de todo el proceso, no leemos que el Espíritu Santo haya dicho nada. Él había hablado de manera clara recientemente (ver Hechos 13:2). Por consiguiente, podemos asumir que la guía del Espíritu fue discernida a través de la unidad de los creyentes. Cuando los santos están dispuestos a reunirse, a comunicarse, y a escucharse unos a otros, se sientan las bases para el proceso difícil pero gratificante descrito en el versículo 25, “habiendo llegado a un acuerdo“. ¿Y cuál es la recompensa resultante?
Sabemos que uno de los frutos del Espíritu Santo es el gozo. Cuando la carta fue leída a las iglesias de toda la región, leemos que “se regocijaron por la consolación” v. 31. Desde luego estaban encantados con el fallo favorable, pero sin duda una parte del gozo fue saber que el asunto estaba resuelto. Se había expresado claramente un mensaje para que las cosas no quedaran en suspenso para volver a surgir más tarde.
Dos veces en el capítulo encontramos las palabras: “Pareció…” En el v. 25, los líderes tomaron la responsabilidad de reunirse y llegar a la unidad. En el versículo 28, donde la doctrina de la salvación estaba en juego, se menciona a Dios antes que el hombre, poniendo la autoridad donde debía estar.
Conclusión
Una vez más, una cita del Sr. A.C. Gabelein: “Cuán diferente de los concilios de la iglesia de hoy, con sus engaños y maquinaciones políticas, su división no escritural del pueblo de Dios en clero y laicos, la elaboración de leyes y reglas, y su elección mediante la votación”.
Que el Señor levante ancianos en Sus iglesias que se preocupen por preservar la unidad del corazón entre los santos, de una manera bíblica.