
Durante Durante 35 años, Liderazgo Bíblico de Ancianos ha sido la obra de consulta en torno al tema de liderazgo de ancianos en la iglesia. En esencia, es un manual para la formación de ancianos y ha provocado un despertar mundial al concepto bíblico de liderazgo plural en la iglesia local por parte de ancianos bíblicamente calificados. Y, como todo manual, necesita ser actualizado periódicamente.
Lo que distingue a este libro de todos los demás sobre el tema es que aborda cada pasaje del Nuevo Testamento sobre los ancianos y ofrece una exposición exhaustiva y minuciosa de cada uno. Sin modificar la teología, Alexander Strauch ha actualizado y ampliado esta importante nueva edición (prevista para enero de 2026). El libro es una revisión completamente renovada.
“Mi objetivo es que el Nuevo Testamento informe y moldee nuestra práctica”, dijo Alexander. “Liderazgo Bíblico de Ancianos se basa en la convicción de que la Escritura inspirada por Dios es suficiente para dirigir la organización y el liderazgo de nuestras iglesias. Las cualidades originales que hicieron de Liderazgo Bíblico de Ancianos una obra única permanecen intactas. Esta edición revisada no tiene cambios en la teología, solo es una exposición mejorada de los textos bíblicos relevantes y sugerencias más prácticas para los ancianos pastorales”.
Junto con este nuevo libro, habrá una guía de estudio y una guía para el profesor completamente nuevas. Además, el equipo de Liderazgo Bíblico de la Iglesia ofrecerá una serie de podcasts que cubrirán cada uno de los 30 capítulos del libro, brindando explicaciones adicionales, comentarios y aplicaciones prácticas.
Esperamos que disfrute del siguiente extracto del primer capítulo del nuevo Liderazgo Bíblico de Ancianos.
El líder y maestro más grande que jamás haya adornado esta tierra se describió a sí mismo como manso1 y humilde:2
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga (Mt. 11:28-30).
Lo que Jesús revela sobre sí mismo se contrasta directamente con los líderes religiosos arrogantes y abusivos de su época y con sus reglas opresivas y humanas. Aquí, en la manera más extraordinaria posible, Jesús reveló que su corazón era manso y humilde. Su mansedumbre y humildad se evidenciaron en que personas de todo segmento de la sociedad se sentían atraídos a Él: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, poderosos y oprimidos. A todos estos, Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados”.
Las mujeres y los niños sentían la confianza de acercarse a Él. Las madres querían que tocara y bendijera a sus hijos. Jesús era accesible, compasivo y humilde, jamás arrogante ni vanidoso. Comía y bebía con los intocables de la sociedad, personas con quienes los líderes religiosos nunca se asociaban. Un espíritu bondadoso y un corazón tierno irradiaban de la persona del Señor Jesucristo. Ese mismo carácter debe irradiar de nosotros también.
Al igual que Jesús, a quien imitamos, debemos ser mansos y humildes como líderes y en todas nuestras interacciones con nuestros hermanos y hermanas. Sin embargo, no confundamos la mansedumbre y la humildad con debilidad, liderazgo pasivo o temor. Ninguna persona en esta tierra ha tenido más fuerza de carácter moral, más valentía, más dominio propio ni más poder intelectual que el Señor Jesucristo. Sin embargo, al mismo tiempo, era manso y humilde. Tal balance de carácter refinado es la marca de la verdadera grandeza. Como Maestro manso y humilde, enseñó a sus seguidores a ser siervos humildes de todos.
El primer ejemplo de las disputas entre los discípulos respecto a quién debía considerarse el “más grande” ocurrió inmediatamente después que Jesús predijo su Pasión y su muerte humillante a manos de impíos (Mr. 9:30-32). Jesús estaba hablando de su crucifixión, pero ellos solo podían pensar en sí mismos y en su estatus individual dentro del grupo. Cuán poco entendían de los caminos del Señor:
Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió (Mr. 9:33-37; cp. Mt. 18:1-4; Lc. 9:46-48).
Los discípulos estaban obsesionados con la pregunta de quién debía ser el “más grande” o el “primero” entre ellos. Ellos querían conocer su estatus dentro del grupo, la forma en la que los demás los veían en lo individual y quién de ellos ocuparía el primer lugar entre ellos.
La paradoja: Jesús respondió esta pregunta milenaria con un enunciado paradójico ahora famoso: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Mr. 9:35).
Aquí, Jesús comienza a transformar la perspectiva de sus discípulos respecto a la grandeza, el liderazgo y la vida en comunidad como seguidores de Cristo. Jesús, el Maestro por excelencia, usó una figura de lenguaje llamada paradoja. Una paradoja es un enunciado que parece contradecir la experiencia común, e incluso suena absurdo, pero que transmite una verdad más profunda.3
Estos dichos sobre los últimos y los primeros parecen ser contrarios a la opinión general, pero, en el reino de Cristo, son profundamente verdaderos. “Marcos utilizó la paradoja para sacudir y desafiar a sus lectores a apartarse de la opinión aceptada de que el servicio es incompatible con la autoridad”.4
Jesús afirma que la verdadera grandeza no se alcanza al buscar prominencia sobre los demás ni al hacerse de poder, sino más bien al demostrar una actitud de servicio humilde y discreta hacia “todos”, incluso la persona de menor condición, la que no tiene estatus ni poder, como lo sería un niño pequeño, dependiente e insignificante en la sociedad. Así pues, en el reino de Cristo, ser el más grande o el primero es una recompensa por ser humilde en este mundo, por ofrecer un servicio desinteresado a todos y por entregarse de forma generosa uno mismo.
La Biblia no oculta la realidad de que, entre los doce apóstoles, se daban actitudes egocéntricas y luchas de poder. Sin pensar en los demás, Jacobo y Juan pidieron a Jesús las dos posiciones de más poder en el reino: “Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (Mr. 10:37).
En su inmortal obra, La cruz de Cristo, John Stott plasma la ironía de este relato: “Jacobo y Juan quieren sentarse en tronos de poder y gloria; Jesús sabe que tiene que colgar de una cruz, en debilidad y vergüenza. La antítesis total”.5
De inmediato, su petición detonó un conflicto entre los demás discípulos, como siempre sucede con la ambición. Marcos documenta que, “cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan” (v. 41). Estaban furiosos porque ellos también querían las vestiduras de púrpura, los tronos de marfil y las coronas de oro para sí. Todos ellos eran “miembros distinguidos del club de los egocéntricos”.6
Jesús respondió a la petición de los dos hermanos con estas palabras: “No sabéis lo que pedís” (v. 38). Él no podía prometerles los tronos más importantes, pero sí sufrimiento y persecución: “Del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (v. 39).
Mediante las metáforas del vaso y del bautismo, Jesús se estaba refiriendo a su sufrimiento y muerte. Al aceptar el vaso, ellos iban a participar del sufrimiento y del rechazo de este mundo que aborrece a Jesús. Ellos no entendían que, según el plan de Dios, el sufrimiento precede a la gloria, la cruz precede a la corona, la pérdida precede a la recompensa y el servicio precede al reinado.
El ejemplo supremo de la paradoja de la autoridad absoluta y del estatus humilde del “servidor de todos” es nuestro Señor Jesucristo: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (v. 45). La muerte de Jesús en la cruz es la expresión máxima de humildad, servicio y amor… y, por tanto, de la verdadera grandeza.
¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.
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