Continuamos con nuestra serie de presentación de la edición revisada del libro Liderazgo Bíblico de Ancianos. Te invitamos a adquirir este nuevo libro que ha sido completamente revisado, ampliando el estudio de los pasajes en el Nuevo Testamento en torno al liderazgo de ancianos, y ahondando más en otros aspectos del cuidado pastoral y la labor de los ancianos en medio del pueblo de Dios.
LA IGUALDAD FRATERNAL
Las denuncias más fuertes de Jesús se dirigieron contra la élite religiosa de su época. Nadie nunca ha expuesto el verdadero corazón de la hipocresía religiosa y la fealdad del orgullo religioso como nuestro Señor Jesucristo (Mt. 23:1-33). Con los términos más fuertes imaginables, Jesús censuró públicamente a los sacerdotes y a los escribas de su época por su avaricia, orgullo y abuso de poder (Mt. 23:13-33). Ellos convirtieron el templo de Jerusalén en una máquina de hacer dinero para enriquecerse (Mr. 11:15-19). Devoraban las casas de las viudas (Lc. 20:47). Eran “avaros” (Lc. 16:14). Utilizaban a los demás para realzar su propio estatus altivo. Imponían reglas pesadas sobre el pueblo y, con ellas, los mantenían en esclavitud espiritual.
No sean como ellos: Mateo 23:1-12
Jesús era muy diferente a estos líderes religiosos y, con severidad, advirtió a sus seguidores que no debían imitarlos:
Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos […] Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos […]. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Mt. 23:1-12).
Los escribas y los fariseos se distinguían santurronamente y se elevaban por sobre el pueblo. Estaban obsesionados con su propia imagen. Anhelaban los títulos honoríficos, las vestiduras sagradas, los primeros asientos en las celebraciones y las primeras sillas en las sinagogas. Se desvivían por los halagos de los demás (Mt. 6:1-2, 5, 16). En resumen, eran hipócritas religiosos que utilizaban al pueblo y abusaban de él (Jn. 7:49; 9:34).
Todos vosotros sois hermanos: En contraste, Jesús prohíbe a sus discípulos llamarse unos a otros “Rabí” y elevarse a sí mismos de cualquier manera que pudiera rebajar la cercanía de relación fraternal entre ellos o usurpar el puesto único que Cristo y el Padre tienen sobre todos los creyentes. Jesús lo explicó así: “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos”. Este importante pasaje ayuda a explicar por qué los escritores del Nuevo Testamento evitaron los elevados títulos sagrados y las estructuras jerárquicas para el cuerpo de Cristo y la casa de Dios.
EL AMOR CRISTIANO
En el aposento alto, después que Jesús lavara los pies de sus discípulos, les dio un nuevo mandamiento:
Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Jn. 13:34, 35; cp. 15:12).
Sencillamente, es imposible entender la vida cristiana, el evangelismo, la vida en la iglesia o el liderazgo cristiano sin considerar con profundidad este “mandamiento nuevo”. Jesús no dijo simplemente: “Amaos los unos a los otros”. Ellos ya lo sabían. En cambio, les dijo algo mucho más profundo: Amaos los unos a los otros “como yo os he amado”. Jesús pone como ejemplo su propio amor desinteresado y sacrificial en la cruz como el nuevo estándar del amor. Benjamin B. Warfield expresó en pocas palabras este nuevo principio de amor cuando escribió: “Así pues, el amor sacrificial se convierte en la esencia de la vida cristiana”.1
Los discípulos debían ahora amarse unos a otros con el mismo amor desinteresado y sacrificial que Jesús demostró por ellos. Debían estar dispuestos a morir unos por otros (1 Jn. 3:16). Sin esta clase de amor, inevitablemente se separarían en denominaciones… la denominación de Pedro, la de Jacobo, la de Felipe, etcétera.
Sin este amor divino, no podrían actuar con humildad, lavar los pies unos a otros ni servir a la mesa. Se pelearían por el “primer” lugar, por los tronos, por los mantos púrpura y por los títulos elevados, tal y como hacían en aquella época los líderes mundiales y lo siguen haciendo hoy.
No hay forma en que un equipo de liderazgo cristiano pueda trabajar en unidad y efectividad si el amor de Dios no fluye en cada uno de sus miembros hacia los demás. El amor es el ingrediente secreto en todo esfuerzo exitoso colectivo. La razón es evidente. El amor “no se envanece […], no busca lo suyo, no se irrita […], todo lo soporta” (1 Co. 13:4-7).2 Por lo tanto, la Escritura dice: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1 Co. 16:14).
- Benjamin Breckinridge Warfield, “The Emotional Life of Our Lord”, en The Person and Work of Christ, ed. Samuel G. Craig (Filadelfia: Presbyterian and Reformed, 1950), 104.
- Ver Alexander Strauch, The 15 Descriptions of Love: Applied to All Christian Leaders and Teachers (1 Corinthians 13) (Littleton, CO: Lewis & Roth, 2019).
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