
En Marcos 9: 33-37, encontramos un relato acerca de la discusión que hubo entre los discípulos de Jesús mientras iban por el camino, pero luego Jesús les preguntó de qué se trataba su disputa porque ellos habían estado discutiendo quién había de ser el mayor. Imagino la conversación entre estos hombres, cada uno exponiendo sus razones por las cuales debía ser el principal entre sus compañeros. Sin embargo, este resultó ser un buen momento de enseñanza para Jesús porque aprovechó la oportunidad para retar la mentalidad de sus discípulos con un principio paradójico para la manera de pensar humana, pero que es esencial dentro del reino de Dios:
“Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Mr. 9:35)
Y este principio debería abarcar cada aspecto de la vida cristiana, solamente que muchas veces nuestra humanidad tiende a interponerse en el camino, obstaculizando la obra del Espíritu en nosotros. Sin embargo, la obra transformadora de Dios se hace evidente en las vidas de sus siervos en la medida que ellos están más dispuestos a ser los últimos, a no querer “brillar”, a servir con humildad y a valerse de cuantas oportunidades se les presenten para verdaderamente buscar el beneficio de los demás. Esta es la actitud que debe haber en aquellos hermanos que Dios ha puesto al cuidado de Su grey, los ancianos. Estos hermanos, tal como lo expresa Hebreos 13: 17, pastorean el rebaño y velan por el bienestar de sus almas, “como quienes han de dar cuenta”. Este es un llamado valioso, demandante y al mismo tiempo estimulante.
Aquellos varones que rinden sus egos, sus voluntades y sus intereses con la disposición de ser útiles para el beneficio del pueblo de Dios, son llamados a vivir con esta actitud, no buscando ser los primeros, ni los más importantes, ni los más poderosos, sino los siervos de todos, y parte de esto también se ve reflejado en su generosidad. Si bien la Palabra de Dios encarga que la iglesia tenga en alta estima a aquellos que gobiernan bien y que trabajan en predicar y enseñar (1 Timoteo 5: 17) y a hacerlos partícipes de toda cosa buena (Gálatas 6: 6), también es cierto que estos hombres en su servicio al Señor y en el cuidado de la grey son estimulados a practicar la integridad financiera y la generosidad.
Pablo, en su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso, fue enfático en este sentido, él les dijo:
“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido” (Hechos 20:33‑34).
Pabo había procurado comportarse de manera íntegra en medio de estos hermanos, no había permitido que la codicia o la envidia entraran en su corazón, de hecho, para contrarrestar esto, había hecho todo lo contrario: se había esforzado por trabajar para su sustento y el de sus coequiperos.
Al pensar en generosidad, quizás pensemos en los actos de dar cosas o dinero para suplir la necesidad de otros, pero el llamado a ser generosos en realidad abarca diversos aspectos de nuestras vidas. Un anciano es generoso con su tiempo cuando está dispuesto a ayudar a una familia en crisis después de haber tenido un largo día de trabajo. Un pastor es generoso cuando usa su vehículo personal para recoger a aquellos hermanos que les es difícil llegar a la iglesia el domingo. Se puede practicar la generosidad cuando abrimos nuestras casas para recibir a otros hermanos ya sea para un estudio bíblico, un tiempo de oración o una reunión de jóvenes y nos aseguramos de tener un refrigerio disponible para los asistentes.
El ejemplo de Pablo nos muestra que él estaba dispuesto a trabajar esforzadamente para asegurarse de que sus coequiperos tuvieran lo necesario, beneficiando al mismo tiempo a la iglesia de Éfeso.
La pregunta ahora sería: ¿estás practicando la generosidad en tu ministerio? En realidad, la práctica de la generosidad termina siendo un buen antídoto contra la codicia y la envidia porque nos ayuda a ver las cosas en perspectiva, entendiendo que somos administradores de lo que Dios nos provee, y que debemos usarlo con sabiduría y para Su gloria, pero si nos aferramos a aquellas cosas que no queremos dar, si en nuestra mente surge la idea de proteger lo que es nuestro: “es mi tiempo”, “es mi dinero”, “es mi automóvil”, “es mi casa”, estaremos enfocados más en el servicio a nosotros mismos y no en el servicio a los demás. Lo cual nos lleva a principio que Jesús enseñó a sus discípulos:
“Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Mr. 9:35)
Es tentador pensar en nuestro beneficio antes que en el de los demás, pero el ejercicio de pastorear la grey de Dios es un llamado más alto que busca producir en nosotros el carácter humilde de Cristo, y desarrollar el mismo carácter entre aquellos a quienes servimos. Pidámosle a Dios que nos dé un corazón generoso, recordemos que “el que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6).
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