En una cultura que suele celebrar los dones y la celebridad por encima del carácter; y el talento natural por encima de la confiabilidad, la Biblia ofrece un estándar diferente para evaluar a los líderes y a las personas, basado principalmente en el carácter. Las Escrituras constantemente afirman que el carácter es el fundamento de la influencia, particularmente en aquellos a quienes se les confía la responsabilidad del liderazgo de la iglesia. En ninguna parte esto es tan evidente como en las calificaciones para los ancianos y diáconos.
En nuestras siguientes cinco entradas del blog revisaremos diferentes facetas del carácter frente a los dones. Analizaremos las Escrituras y los ejemplos que nos dan en cuanto a cómo se deben comportar nuestros líderes y cómo deben ser elegidos; nunca debe tratarse de un concurso de popularidad, sino que debe fundamentarse en rasgos de carácter reforzados por el Espíritu de Dios. Hoy daremos una mirada general a los requisitos para los líderes de la iglesia.
En 1 Timoteo 3 y Tito 1, Pablo establece requisitos específicos para aquellos que desean servir como ancianos o diáconos. Lo sorprendente no es lo dotados que deben ser estos líderes, sino que tienen un carácter que refleja a Dios. Veamos algunos de estos rasgos del carácter:
“Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro” 1 Timoteo 3:2–3 RVR).
De manera similar, los diáconos deben ser:
“… honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas… Y estos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles” (1 Timoteo 3:8-10).
¿Qué observamos aquí? Estos pasajes no se centran en la capacidad de predicar, la gran presencia o el éxito y la fortuna abrumadores, sino en la integridad, el dominio propio, la fidelidad y la humildad. La única diferencia entre las calificaciones para los ancianos y los diáconos es “apto para enseñar”, que podría ser considerado un don, pero incluso eso supone un fundamento de sana doctrina y humildad, no ostentación o elocuencia.
Los talentos son dados, pero el carácter se cultiva. Los dones pueden abrir puertas, pero sólo el carácter puede mantener a alguien en una posición de influencia sin caer en desgracia. Proverbios nos recuerda que el carácter es un asunto del corazón, y el corazón determina el curso de nuestras vidas:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” Proverbios 4:23).
“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro” Proverbios 22:1).
Los dones pueden llevar muy lejos a alguien, pero sin un carácter piadoso, esa persona será vulnerable al orgullo, la tentación y un eventual colapso.
En Gálatas 5:22–23, Pablo enumera el fruto del espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Estas cualidades no son dones llamativos, sino evidencias profundas de la obra transformadora del Espíritu. El liderazgo en la iglesia no se trata de una personalidad magnética o de un discurso persuasivo, sino de una vida entregada al Espíritu.
Por eso Pablo instruyó a Timoteo “No impongas con ligereza las manos a ninguno” (1 Timoteo 5:22) los líderes deben ser puestos a prueba y ser aprobados, no sólo ser impresionantes.
Cuando las iglesias o los ministerios elevan a las personas basándose principalmente en sus talentos, corremos el riesgo de causar daños a largo plazo al cuerpo de Cristo. Es posible que alguien sea un excelente comunicador o un líder visionario, y aún así causar un daño profundo si carece de humildad, responsabilidad e integridad moral.
Proverbios advierte: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” Proverbios 16:18).
¿Cuántas historias hemos escuchado de líderes talentosos cuyos ministerios implosionaron porque no desarrollaron su carácter al mismo ritmo de su éxito público?
En un mundo que aplaude lo que se dice en voz alta y en primer plano, el carácter a menudo habla en susurros y en hechos no perceptibles. Se gana confianza con el tiempo. Refleja a Cristo en la obediencia diaria, no sólo en el ministerio público. Como se ha dicho muchas veces, la persona exitosa hace las pequeñas cosas de forma correcta y consistente.
Seamos un pueblo que busca el carácter antes que los dones, tanto en nosotros mismos como en aquellos a quienes seguimos. Porque al final, es el fruto de una vida transformada lo que edifica la iglesia, no el destello de talento.
¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.
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