Hace algunos años, las faltas morales de un conocido líder político se hicieron de conocimiento público, y este escándalo planteó la pregunta de si la moralidad de una persona (o su inmoralidad) influían en su capacidad para liderar. Al hablar sobre este asunto con un hermano cristiano africano, él dijo algo así: “En gran parte del mundo no es extraño que un líder tenga un comportamiento inmoral como este. Estos pecados no se ocultan ni se consideran escandalosos”. Hoy en día, nuestra propia cultura, al igual que muchas otras, no considera que las deficiencias en el carácter sean un obstáculo para el liderazgo. Incluso no parece razonable esperar que la conducta inmoral requiera al menos una disculpa (¿nos atreveríamos incluso a usar la palabra arrepentimiento?).

En el pensamiento secular, el carisma prevalece sobre el carácter. Si alguien es hábil para persuadir y tiene la capacidad de superar obstáculos y obtener resultados, poco importará que su vida pública y personal sea moralmente corrupta. De hecho, es posible que se tolere dicha corrupción como justificación para permitir que un líder logre resultados.

La pregunta que se nos plantea entonces es esta: “¿Qué es más importante para un líder cristiano: el carácter o el carisma?” Para el cristiano, la respuesta no debería tardarse: el carácter es más importante que el carisma. Por eso los requisitos para ser ancianos (y diáconos) ni siquiera mencionan dones espirituales, sino más bien cualidades del carácter.

Tomemos unos minutos  para considerar si esto es bíblicamente cierto, y si lo es, por qué lo es.

 

El liderazgo espiritual es diferente del liderazgo secular del mundo.

En las Escrituras, el liderazgo espiritual se contrasta con el liderazgo secular: “Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:25-28, ver también 2 Cor. 11:19-21).

El liderazgo espiritual debe reflejar el carácter de Dios. 

El carácter comienza en la cima y luego se manifiesta en los niveles inferiores: “Si un gobernante atiende la palabra mentirosa, todos sus servidores serán impíos” (Prov. 29:12).

Por eso Moisés estaba más interesado en el carácter de Dios. En Éxodo 33-40, cuando se encontró con Dios en el tabernáculo y le pidió que fuera con los israelitas a la Tierra Prometida, su principal preocupación era conocer a Dios: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo” Ex. 33:13). Él le pidió a Dios que le mostrara su gloria, y Dios hizo que su bondad pasara al lado de Moisés mientras proclamaba su propio carácter:

¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación (Ex. 34:6-7).

A la larga, como era de esperar, el carácter del Dios invisible (el Padre) se hizo visible en la persona de Su Hijo, Jesús, quien es “manso y humilde de corazón” (Mat. 11:29) “… que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo… [y] se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:7-8, ver también Isa. 42:1-3, Mat. 12:20).

Dios usa vasos limpios para realizar un trabajo honroso.

El apóstol Pablo exhortó a Timoteo a “apartarse de iniquidad” y a ser “instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (ver 2 Timoteo. 2:19-22).

Sí, Dios a veces usa a personas impías para lograr sus propósitos: hombres como Faraón (Ex. 9:16; Rom. 9:17), Ciro (Isa. 44:28; 45:1), Nabucodonosor (ver Daniel 4), y Sansón (Jueces 13-16). Pero esto es la excepción, no la norma. Por regla general, Dios elige utilizar vasos limpios para propósitos nobles.

Además, aunque Dios solía escoger líderes piadosos para hacer grandes cosas, era Él quien los salvaba y los santificaba (hombres como Pedro, quien llegó a ser un hombre piadoso y un pilar en la iglesia). Lamentablemente, con demasiada frecuencia, los líderes piadosos se ven tentados a atribuirse el mérito de las grandes obras que Dios ha realizado a través de ellos, y de esta manera caen en pecado (pensemos en Gedeón, Saúl, David y Salomón).

Una gran habilidad, incluso sobrenatural, no es necesariamente prueba de verdadera espiritualidad.

Los magos del Faraón obviamente tenían algún poder, pero no provenía de Dios. Simón el Mago era considerado un hombre de gran poder antes de profesar su creencia en Jesús (Hechos 8:9-24). Jesús dejó en claro que las obras grandes y espectaculares no eran prueba de una fe o espiritualidad genuinas:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mat. 7:21-23). El apóstol Pablo presenta el tema de los dones espirituales recordando a los corintios que anteriormente eran “guiados por espíritus” cuando eran incrédulos: “Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos” (1 Corintios 10. 12:2). Eso explica la necesidad de probar los espíritus de aquellos que afirman estar capacitados por Dios, como exhorta el apóstol Juan: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” 1 Juan 4:1).

Según Jesús, los frutos del carácter piadoso de los hombres, no sus grandes obras, son los que revelan su autenticidad.

Cuando Jesús habló de separar las “ovejas” de las “cabras” en Mateo 25:31-40, las diferenció no por obras espectaculares sino por actos sencillos, aparentemente insignificantes (“Porque tuve hambre, y me disteis de comer…”). Esta verdad hace eco de lo que Jesús enseñó acerca de las bienaventuranzas en el Sermón del Monte: que el carácter piadoso, no los dones, es lo que caracteriza a quienes son aptos para el reino de Dios. Mate. 5:1-12). Es notorio que el fruto del Espíritu no es carisma sino “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gal. 5:22-23).

Los no creyentes, y lamentablemente, a veces los creyentes también se sienten atraídos por las manifestaciones más espectaculares de poder en los líderes.

Cuando Eliseo le dijo a Naamán que su lepra se curaría si se lavaba en el Jordán siete veces, Naamán se enfureció porque esperaba una solución más espectacular (ver 2 Reyes 5:8-14). Jesús experimentó una respuesta similar por parte de los incrédulos de su época:

Entonces respondieron algunos de los escribas y de los fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal. Él respondió y les dijo: La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás (Mat. 12:38-39).

Sin duda, la sabiduría de Dios parece locura para el mundo (ver 1 Corintios 10. 1:21-24).

Los dones y ministerios más visibles no son necesariamente los más importantes.

Esto es evidente en las cartas de Pablo a los corintios, un grupo de santos tan desmedidamente ansiosos por poseer y practicar el don de lenguas, que habían llegado a desestimar el don mayor de la profecía. Pablo aclaró las cosas para estos santos en 1 Corintios 14:1-5.

Anteriormente en su carta, les había recordado que “… los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios” (1 Cor. 12:22). Podemos arreglarnos las pestañas, y pintarnos la cara y las uñas, pero estas partes del cuerpo no son las más importantes. Los miembros más importantes de nuestro cuerpo (nuestros órganos) no son visibles. Su función no es espectacular, realizan su trabajo que sostiene la vida sin que los demás los observen. ¿Por qué, entonces, algunos santos se empeñan en obtener aquellos dones y funciones que parecen significativos porque son visibles para los demás?

Me pregunto si los roles públicos están sobrevalorados y muchos los buscan por las razones equivocadas. ¿Por qué se centra tanto esfuerzo y atención, quizás demasiado, en personas famosas y con gran talento que han llegado a la fe? ¿Por qué se le da prioridad al carisma y no al carácter, incluso por parte de los santos? Creo que es porque asimilamos el liderazgo en términos seculares, en lugar de hacerlo en términos divinos y espirituales.

¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.

Te invitamos a orar por el crecimiento de este ministerio y por que Dios provea los recursos necesarios para seguir sirviendo a su iglesia.

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