Los ancianos discreparán de tanto en
tanto, esto no es ninguna sorpresa, ¡a menos que elijan poner todos sus
cerebros en un frasco y sellarlo hasta el fin de los tiempos!
Las personas normales, con pensamientos propios, tienen diferentes
perspectivas y solucionan los problemas de diferentes maneras y hacen
las cosas de forma diferente.
Sin embargo, algunas de las maneras más populares de tratar dichas
discrepancias son: evitar el enfrentar el problema (bajo la bandera de
la “unidad”), capitular (miedo al conflicto) o enfriar las relaciones
interpersonales (alejamiento emocional y espiritual). Proverbios 27:17
tiene sabiduría que puede ayudarnos en tratar con las discrepancias que
suelen surgir: “Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el
rostro de su amigo” (RVR). Dos objetos igualmente “duros”, que chocan el
uno contra el otro, hacen que cada uno sea más útil para el propósito
por el cual fue diseñado. Por analogía, los ancianos son objetos “duros”
que se benefician mutuamente mediante sus interacciones. Son “duros” en
el sentido que no son blandos sino fuertes espiritualmente, y de una
consistencia sólida. Los ancianos no son llamados a ser personas que
siempre digan “sí” a todo, o pendulantes en sus posiciones. Además,
algunos ancianos tienen un “carácter fuerte”. En otras ocasiones también
pueden tener deficiencias significativas. Cualquiera que sea el caso,
cuando personalidades “fuertes” interactúan entre sí, puede haber
fricción y generación de “calor”. Pero esto también puede ser
beneficioso, si se maneja correctamente.
He tenido la oportunidad de servir con ancianos de temperamento débil y
con ancianos “fuertes” (otros ancianos que han trabajado conmigo,
también pueden decir esto de mí). El ser parte de un grupo de ancianos
“fuertes” es, personalmente para mí, mucho más incómodo porque
representa un desafío a mi forma de pensar. Trabajar con ancianos de
carácter “fuerte” me hace enfrentar mis propias deficiencias de
carácter, según la lista de calificaciones presentada en Timoteo y Tito.
De hecho, no es demasiado decir que trabajar junto a otros ancianos es
un crisol para el crecimiento espiritual. Y como es bien sabido, el
crecimiento espiritual nunca es cómodo. Así que, si bien en lo personal
no me agradan las discrepancias, tengo en alta estima aquellas
relaciones entre ancianos donde estos no temen discrepar. Esto significa
crecimiento para todos los involucrados, inclusive para mí.
Sin embargo, tener este punto de vista no significa que las
discrepancias sean fáciles de digerir. Nos ayudará entender algunas de
las causas comunes de disputas entre ancianos (y, de hecho, entre
creyentes en general).
1) Diferencias de opinión genuinas. Muchas cosas contribuyen a que
veamos las cosas desde diferentes puntos de vista; diversas experiencias
de vida y ministerio, el libro que hayamos leído más recientemente
sobre la vida de la Iglesia, personas que nos hayan influenciado,
nuestro temperamento y dones espirituales. Sabios serán los ancianos que
reconozcan que estas cosas se relacionan con sabiduría, conocimiento y
atribución de dones, y que no están al mismo nivel que las verdades
bíblicas.
2) Orgullo. Mi autoestima se ve afectada cuando otros discrepan conmigo.
¿Cuál es la causa? Ya sea que esté equivocado (no me gusta estarlo, ni
ser percibido como que lo estoy), o que los otros no me respeten lo
suficiente para atender a mi “sabiduría” y “percepción”. Otra palabra
para esto es “inseguridad”. Algunas personas experimentan momentos muy
duros con los desacuerdos.
3) Auto-protección. Mi territorio se encuentra en peligro y tal vez las
áreas de liderazgo o ministerio, sobre las cuales he volcado días, meses
y años están siendo atacadas.
4) Visión de túnel: Todos tenemos diferentes experiencias en nuestras
relaciones con el rebaño. Mis decisiones pueden fácilmente ser
influenciadas por algunos creyentes que puedan susurrarme algo al oído, y
yo llegar a caer en aquello que el antiguo, pero falso dicho, sugiere.
“Por cada uno que habla, existen probablemente otros diez que sienten lo
mismo”. Tal vez debería escuchar más atentamente cuando una queja
resuena en mis oídos. El problema con esta forma de pensar es que otras
personas pueden estar susurrando al oído de los otros ancianos un
mensaje diferente. Además, algunas personas no se atreven a hablar con
facilidad. No todos los ancianos verán y evaluarán las cosas en la misma
manera que yo lo hago.
5) Altivez. Simplemente pura testarudez. Arrogancia. No aceptar la
posibilidad de que yo pueda estar equivocado. Asumir que otros deban ser
capaces de ver las cosas como yo las veo. Presumir que yo soy más
espiritual e inteligente que los otros ancianos.
Así que, ¿cómo podremos tratar todo esto de manera que nuestras
discrepancias resulten constructivas, en lugar de destructivas? A
continuación, hay algunas ideas:
1) La humildad debe existir en un lugar prominente en nuestro arsenal
para luchar contra los efectos de las discrepancias. Pedro, el Apóstol
ya anciano, concluyó la porción de su mensaje dirigido directamente a
los ancianos y continuó diciendo: “…y todos, sumisos unos a otros,
revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da
gracia a los humildes”. Esta arma es poderosa, no solamente para usarla
los unos contra los otros, sino contra el gran enemigo del grupo de
ancianos, el mismo diablo (1 Pedro 5:8-9).
2) Recuérdense frecuentemente a sí mismos como grupo, cuáles son los
requisitos de su posición. Tomen nota en particular, de las siguientes
características de los ancianos (encontradas en 1 Timoteo 3 y Tito 1):
sobrio, prudente, decoroso, hospedador, no pendenciero, sino amable,
apacible, no avaro. Una falla seria en cualquiera de estas áreas
impedirá la efectividad en el trabajo del grupo de ancianos. Y, por
supuesto, “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para
que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que
contradicen”. Esta calificación, en Tito 1:9, incluye el reconocer la
diferencia entre la sana doctrina y su aplicación práctica, por un lado,
así como las aplicaciones prácticas y las opiniones personales, por el
otro.
3) Identifiquen rápida y cuidadosamente la causa de la discrepancia.
¿Qué es lo que realmente está en juego? Es muy fácil tratar los síntomas
en lugar de las causas reales.
4) Conversen sobre los problemas abiertamente y en un tono conciliador.
Esto incluye escuchar intencionalmente. Algunas veces, ciertas palabras
pueden despertar respuestas emocionales negativas e invocar conflictos
del pasado no resueltos. Muchas personas, incluyendo los ancianos, no
siempre tratan bien los problemas esenciales, particularmente cuando
están batallando contra el orgullo, los miedos o asuntos no resueltos.
Los ancianos deberán buscar la oportunidad de tratar estas cosas en un
ambiente amplio y de aceptación el uno del otro. Esto no significará que
aceptemos el pensamiento de otros y neguemos el nuestro. Significa en
cambio que está bien hablar sobre nuestros miedos, sobre qué nos ha
ofendido o herido. Esto puede ser muchas veces difícil de hacer para
nosotros como hombres, pero se requiere valor y humildad para ver ambas
caras de la moneda. Debemos permitir que otros expresen sus pensamientos
y sentimientos abiertamente, y que al mismo tiempo nosotros seamos
genuinos sobre nuestros propios pensamientos y sentimientos.
Tener desacuerdos no es una competencia entre ganadores y perdedores.
Aunque mi punto de vista pueda estar equivocado sobre cierto tema en
particular, no por eso soy un fracasado, Ni tampoco lo son los demás.
Cuánto más fuerte sea la discrepancia, más profundas son las posturas.
En otros contextos, usaríamos las palabras “convicción”, “integridad”,
“personalidad”. Estas a veces producen fuertes diferencias. Pero es
precisamente a este nivel que “hierro con hierro se aguza”. Para algunos
grupos de ancianos, estas palabras pueden parecer irrelevantes, pero un
ambiente así puede existir, y sí existe en otros grupos de ancianos. He
participado en ambos tipos de grupos.
5) Acepten que las discrepancias existen. Algunas veces, la convicción
sobre algo lleva a dos ancianos a discrepar entre sí sin llegar a un
acuerdo. Abraham y Lot tuvieron que separar sus séquitos debido a
dificultades prácticas que no se pudieron resolver. Pablo y Bernabé se
separaron debido a convicciones fuertes respecto a lo que se necesitaba
para ser un misionero. La Escritura no emite ningún juicio sobre quien
estaba en lo correcto o equivocado. Simplemente tomaron diferentes
direcciones, ninguna doctrina estaba en peligro. Por supuesto, cuando
las discrepancias involucran la doctrina, es necesario tomar una
posición clara. No podemos simplemente estar de acuerdo en discrepar…
Pero, humilde es el anciano que no trata de usar “la sana doctrina” como
látigo contra aquellos que tienen opiniones diferentes en asuntos de
aplicación u opinión.
6) Valentía. Cuando la sana doctrina es atacada o un estilo de vida
hipócrita hace cuestionar la sana doctrina, una confrontación es
inevitable. Debe existir una línea de demarcación, o nunca podrás tener
certeza de que estás parado en tierra firme en aquello que es lo
correcto. Sin embargo, como mi viejo amigo y mentor Harvey Rodger
acostumbraba a decir: “Planta tu bandera en la montaña correcta!”. El
enfrentamiento de Pablo con Pedro, en Gálatas 2:11-16 entra en esta
categoría. La manifestación de un orgullo indómito en aquellos que
lideran es otra situación que demanda fuertes medidas, tal como en el
caso de Diótrefes, “al cual le gusta tener el primer lugar … [al cual
le] recordaré las obras que hace (3a Juan 9-10).
Las discrepancias serán inevitables, y a veces, también deseables,
porque pueden convertirse en los medios de crecimiento espiritual, a
través del desarrollo de nuestra humildad, ajustes a nuestro carácter o
el fortalecimiento de nuestra valentía.
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