Una parte importante de la vida de la iglesia es la celebración de la cena del Señor. Nuestro Señor Jesucristo la instituyó antes de su partida y dio instrucciones a sus discípulos al decir: “haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). De una manera sencilla, pero profundamente simbólica, Jesús se aseguró de que sus discípulos tuvieran los elementos necesarios para no olvidar. Él sabía que, como seres humanos, olvidamos con facilidad; por eso estableció algo que mantuviera fresca en nuestra memoria su sacrificio por nosotros, su resurrección y la promesa de su venida.

Esta ordenanza también nos permite celebrar la unidad que tenemos como cuerpo de Cristo. Es un símbolo de la comunión que disfrutamos al estar unidos en un mismo sentir y en un mismo entendimiento de la obra de Jesucristo a nuestro favor.

Dada la relevancia que tiene la cena del Señor para la vida de la iglesia, quienes dirigen la congregación deben ser los primeros en enfatizar su importancia, su centralidad y su significado. El cuidado de la grey incluye guiarlos a obedecer aquello que nos ha sido encargado y enseñado: que anunciamos la muerte del Señor cada vez que participamos del pan y de la copa (1 Corintios 11:26). Esta celebración no debe convertirse en un momento apagado y opaco en nuestras iglesias. ¡Es una celebración! Es un momento para recordar por qué tenemos una esperanza viva y eterna. Pero, si los mismos ancianos y pastores no gozan de esa esperanza, difícilmente podrán llevar a la congregación a comprender cuán valioso es recordar la muerte y la resurrección de nuestro Salvador.

Recordemos que el énfasis siempre debe estar en Cristo y en el evangelio, las buenas nuevas. Al celebrar la cena, anunciamos que Cristo murió y resucitó; recordamos que pagó nuestra deuda; y tomamos unos minutos para dirigir nuestra mirada a la cruz, ponernos a cuentas con nuestro Salvador y celebrar la gloriosa salvación que nos ha otorgado.

Este también es un buen momento para que la Palabra de Dios resplandezca. Puede tomarse un espacio para compartir una meditación o elevar una oración, pero hay que hacerlo con sabiduría. No es un tiempo para testimonios ni para contar anécdotas, a menos que sean verdaderamente relevantes. Cada participación debería estar centrada en Cristo y fundamentada en la Palabra. También es un tiempo propicio para alimentar a la grey mediante el buen uso de la Palabra de Dios.


Tiempo para sanar


Recordar lo que Dios ha hecho por nosotros también debe traer alivio, consuelo y sanidad a nuestras vidas. No todos llegamos con el mismo ánimo, ni todos hemos tenido una buena semana. Cada uno trae sus propias cargas en el corazón, y la cena también puede ser ese espacio que traiga un bálsamo de alivio al alma agotada y sedienta. Las palabras de ánimo, esperanza y gracia, que conduzcan a contemplar el maravilloso amor de Dios expresado por medio de Jesucristo, pueden ayudar a sanar y consolar a los corazones necesitados. También puede haber confrontación, pero siempre con el propósito de animar.

Anunciamos la muerte de Jesús y la salvación que nos ha otorgado. Esa salvación es un regalo; es gracia. No demos lugar a que la cena del Señor se convierta en un tiempo de juicio y condenación, sino en un espacio donde las manos caídas, los ánimos apocados y las vidas acongojadas encuentren gozo y esperanza, y donde abunden las palabras de gracia, perdón y restauración. Que se haga evidente que Dios, por medio de Jesucristo, es “… quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmos 103:3-5).

La cena puede traer aliento a los de poco ánimo y gozo a quienes se sienten entristecidos o abrumados, porque “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Son muchas las maneras en que la cena puede ayudarnos y saciar el alma sedienta. Este es un tiempo que los ancianos pueden aprovechar para ministrar de forma intencional.

La cena del Señor no puede ser un punto más dentro del programa; debería ser lo central. Podría faltar todo, menos esta parte, porque nos lleva a recordar por qué nos reunimos, por qué tenemos salvación, por qué seguimos a Cristo y por qué es importante congregarnos. Es un tiempo en el que toda la congregación debería participar, y también un buen espacio para que los hombres pongan a prueba sus dones en el uso de la Palabra para la enseñanza.

¿Está siendo el tiempo de la cena del Señor ese espacio de gozo, de ánimo, de celebración y de consuelo para la congregación?

Los ancianos deben ser los primeros en establecer la importancia, el tono y los objetivos de la cena en la iglesia, y deben trabajar intencionalmente para llevar a la congregación a ver tanto su relevancia como el valor que tiene para todos.

¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.

Te invitamos a orar por el crecimiento de este ministerio y por que Dios provea los recursos necesarios para seguir sirviendo a su iglesia.

0
    Carrito
    Tu carrito está vacíoVolver a la tienda