“¿Cuál es su visión para esta iglesia?”, le pregunté al pastor que me había invitado a formar parte de su congregación y a ayudarle en sus esfuerzos por revitalizarla. La invitación sonaba interesante y, como parte del proceso de oración y reflexión sobre la participación de mi familia en la iglesia y mi apoyo al ministerio junto a este pastor, solicité una reunión con él. Me explicó que se estaba centrando en ayudar a la iglesia a crecer. La iglesia estaba a punto de cerrar sus puertas, pero él buscaba desesperadamente personas no solo para que le ayudaran, sino también para llenar los bancos. Comencé nuestro encuentro con esta pregunta: “¿Cuál es su visión para esta iglesia?”. Sin embargo, no obtuve una respuesta clara, se hizo evidente que no tenía ninguna visión. De hecho, me dijo algo que resultó ser más impactante y perturbador: “Tienes que saber que te voy a decepcionar”.

A pesar de estas señales de alerta, y debido a que me encontraba enfocado en mis estudios de maestría, mi familia y yo decidimos apoyar el proyecto y unirnos a la iglesia. Junto con otras familias del seminario que también se incorporaron al mismo tiempo, comenzamos a estrechar lazos de compañerismo y a planificar eventos de alcance para “invitar a más personas a unirse a nosotros”. A medida que se celebraban estas reuniones, yo insistía en preguntar: “¿Cuál es la visión de la iglesia?”, pero la única respuesta que recibía era: “Vamos a llenar esta iglesia de gente y, entonces, trabajaremos en nuestra visión”.

Con el paso del tiempo tuve que reconocer que, sin duda, este pastor tenía razón, me decepcionó profundamente.
Imaginaba a este pastor invitándonos a todos a un viaje, a la mayoría de nosotros nos gusta viajar, así que la invitación suena bien. Sin embargo, la pregunta obvia ante tal invitación sería: “¿A dónde es el viaje?”. E imagino la respuesta: “Ya lo decidiremos una vez que estemos todos en el autobús”. Estoy bastante seguro de que muy pocos se presentarían el día viaje.
 

Visión

 

Visión. Es una palabra y un principio importante para cualquier cosa que hagamos en la vida. No tiene por qué ser demasiado elaborado —a veces basta con una meta—, pero necesitamos saber hacia dónde nos dirigimos para comprender por qué hacemos lo que hacemos.

La visión es fundamental para una iglesia o un ministerio. Proporciona dirección, un punto de referencia que da sentido al resto de las actividades que se realizan, y hablo de la visión de la iglesia porque, para ser eficaz en su ministerio, una iglesia necesita saber por qué hace lo que hace. Debe existir una conexión entre la visión y las actividades, las reuniones, los procesos de discipulado y la predicación.
 

La visión y la predicación

 

Ahora, ¿qué tiene que ver la visión de la iglesia con la predicación? La respuesta corta es, “todo”. La predicación desde el púlpito se hace más efectiva cuando se hace con una visión clara. Me gusta ilustrarlo como la planificación de un viaje por carretera. Un viaje de este tipo puede tener una meta esencia, que es llegar al destino previsto, así mismo, tendrá una visión: descansar y disfrutar de un buen tiempo en familia, y también contará con un plan: el vehículo que se usará, la ruta que se seguirá, las paradas, los hoteles para alojarse, etc.

Del mismo modo, al planificar la predicación en una iglesia, es conveniente tener presentes estos elementos: la visión de la iglesia, la meta de la predicación y la ruta que se desea seguir. Estos tres elementos ayudarán en el proceso de la planificación.

Sin duda deseamos que nuestra predicación tenga un efecto real y duradero en quienes la escuchan, pero tal efecto no será posible a menos que tomemos en serio nuestra tarea de predicar. No ignoremos que la predicación debe desempeñar un papel de suma relevancia en la edificación de los creyentes; por tanto, la planificación debe tener en cuenta la vida de quienes nos escuchan. En otras palabras, la predicación es un proceso complejo y dinámico en el que trabajamos con múltiples elementos y factores para ayudar a la iglesia a avanzar en el reino de Dios.
 

Examina las motivaciones

 

Al reflexionar sobre los múltiples aspectos que conlleva el acto y el proceso de la predicación, es necesario ser conscientes de los peligros que esto implica. Estos peligros son variados, pero, por mencionar algunos, pensemos en el orgullo. Esta puede ser una de las tentaciones más frecuentes a las que un predicador debe enfrentarse en su ministerio. Al menos, así es en mi caso. A nuestra naturaleza humana le agrada estar bajo los reflectores; cuando con cierta frecuencia estamos ante un grupo de personas dispuestas a escucharnos, cuando oímos sus comentarios sobre lo que predicamos, en incluso sentimos su afecto, gratitud y aprecio, la carne empieza a sentirse halagada.

¿O qué decir de la manipulación? Tener el “poder” de influir en nuestros oyentes diciéndoles qué deben hacer, o cómo deben pensar o actuar, supone también una tentación, especialmente cuando se siente la necesidad de contar con el favor de la gente para tomar determinadas decisiones.

¿O qué tal la venganza? Podemos usar el púlpito para predicar un “mensaje bíblico” con una intención pecaminosa. También podemos intentar ganar fama, usar el púlpito como trampolín para nuestro siguiente empleo o cargo, o emplearlo únicamente para exhibir nuestros conocimientos y sabiduría humana, entre otras cosas. Las posibilidades son infinitas, pero cada vez que comenzamos a preparar un sermón o a planificar nuestra predicación, debemos examinar nuestras motivaciones y asegurarnos de que realmente estemos ejerciendo nuestro ministerio de predicación conforme a la voluntad y las normas de Dios. Esto me lleva al siguiente aspecto que considero fundamental en este proceso: alimentarnos a nosotros mismos.
 

Nutre tu propia vida

 

Leonard Ravenhill solía decir: “Ningún hombre es mayor que su vida de oración”; y personalmente me gusta parafrasearlo diciendo: “Ningún predicador es mayor que su vida de oración”. No podemos esperar tener ministerios de predicación eficaces en nuestras iglesias si los mismos predicadores no tienen una vida de oración intencional y activa.

La predicación es una tarea espiritual, y el predicador realiza su labor esperando ver resultados espirituales, tales como crecimiento y fruto en las vidas de las personas. La mejor manera de saber qué tipo de resultados espirituales es razonable esperar es observarlos en la propia vida. De hecho, eso es lo que otorga autoridad a un verdadero predicador.

Hoy en día, muchos pastores y predicadores poseen una sólida formación en conocimientos bíblicos, teología, lenguas bíblicas, exégesis, etc., pero carecen de una vida marcada por el crecimiento y el fruto espirituales. Como resultado, su predicación, aunque bien estructurada y bíblica, carece de poder y de un impacto espiritual real en la vida de los oyentes. Ninguna iglesia superará el nivel de sus líderes; por tanto, si guiamos a una congregación y deseamos que crezca, ellos también deben ver evidencias de crecimiento en nuestras vidas. Por eso es necesario que nosotros también nos nutramos espiritualmente.

Como predicadores, debemos cultivar nuestras disciplinas espirituales y asegurarnos de rendir cuentas a otros. Nuestra tarea es tan trascendental que debemos permanecer vigilantes, garantizando que nos encontramos en un estado espiritual saludable para ayudar a los demás en su caminar con Dios. Asimismo, debemos someternos a la visión y al plan que desarrollamos para nuestra iglesia.

La iglesia consiste en santos que crecen juntos, no en una reunión de personas que siguen a un líder sabelotodo que siempre les dice qué hacer y cómo comportarse.
 

Conclusión

 

Planificar nuestra predicación es una labor de ingeniería, no una mera cuestión de programación de horarios. Un buen ingeniero aborda los múltiples niveles de un proyecto, asegurándose que estén bien conectados entre sí y que sus interacciones fluyan sin contratiempos. Del mismo modo, al planificar la predicación, debemos considerar los distintos “niveles del proyecto”, conscientes de que cuanto más amplia sea la comprensión de los factores que garantizan la eficacia del mensaje, mayor será el impacto que se tenga en la congregación.

No se trata de hombres eruditos que se limitan a “decirles” a los demás lo que deben aprender, sino de personas que hacen parte del rebaño y tienen interés en crecer junto a él.

¿Hay algún tema que quisieras que abordemos en este blog, o tienes alguna pregunta? Escríbenos, y daremos respuesta en una próxima edición.

Te invitamos a orar por el crecimiento de este ministerio y por que Dios provea los recursos necesarios para seguir sirviendo a su iglesia.

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