Las historias de pastores o líderes
espirituales que han caído en pecados de inmoralidad, y que
lamentablemente escuchamos con cierta frecuencia, no pueden convertirse
en una normalidad. Cada vez que escucho el relato doloroso de la caída
de otro pastor, siento un profundo dolor, especialmente porque en mi
propia vida he sufrido muy de cerca sus efectos devastadores sobre el
ministerio, la familia y las personas más allegadas a quienes, por un
momento, pensaron que su pecado no los alcanzaría.
Pero antes de continuar, debo afirmar que escribo estas líneas con
temor, entendiendo que, como ser humano, no soy mejor que ninguno de
aquellos hombres y mujeres que han visto sus vidas alteradas por el daño
causado por sus pecados de inmoralidad. No puedo sentarme en un trono
de superioridad moral pretendiendo tener todo resuelto y todo en su
lugar en mi vida. De hecho, escribo pensando primeramente en mí, orando
tal como fuimos instruidos por nuestro Señor Jesús “no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal” (Mat 6: 13 NBLA).
Gran parte del engaño de Satanás al tentarnos y envolvernos en el engaño
del pecado de inmoralidad consiste en hacernos creer que el secreto
nunca saldrá a la luz. Es lo que sucede con la persona que ve
pornografía en internet y luego borra el historial en su dispositivo.
Cree que el historial borrado es suficiente, pero lamentablemente eso no
borra el pecado ni limpia la conciencia, y está lejos de ser una
solución. Considero que subyacente a esto hay un problema mayor que es
el autoengaño. Nos engañarnos a nosotros mismos cuando pensamos que
podemos “controlar la situación”, o creemos que “nadie se va a enterar”,
o cuando una y otra vez nos repetimos diciendo “esta es la última vez
que lo hago”. No podemos envolvernos en conductas pecaminosas y esperar
que las consecuencias no nos alcancen, tal como Dios advirtió al pueblo
de Israel en Números 22: 23b: “sabed que vuestro pecado os alcanzará”.
El pecado siempre va a tener consecuencias, y cuanto más nos hundamos
en el engaño de pretender que el secreto nunca saldrá a la luz, mayores
serán las consecuencias que terminarán alcanzándonos. Considerando esto,
quise hacer una lista elemental de 5 principios o hábitos que podemos
cultivar como salvaguardas para nuestra pureza.
Estos principios no pretenden ser una fórmula infalible ni una lista
exhaustiva. Más bien, son prácticas sencillas que pueden ayudarnos a
vivir alerta, en dependencia de Dios y con transparencia delante de
quienes nos rodean.
1. Identifica tus concupiscencias y ponlas sobre la mesa.
Santiago 1: 14 dice que “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”.
La concupiscencia es el deseo intenso o el apetito desmedido hacia algo
placentero que es pecaminoso, es una fuerte inclinación hacia hacer lo
malo, y así como todos somos diferentes, también tenemos deseos e
inclinaciones diferentes. En el este pasaje, Santiago describe la
dinámica del pecado: Comienza con esa inclinación a satisfacer deseos
carnales pecaminosos, que el hecho de entretenerlos y aceptarlos en
nuestras mentes allana el camino hacia la acción de cometer los actos
pecaminosos, y como resultado, dice el versículo 15 que “el pecado,
siendo consumado, da a luz la muerte”, (esta es una frase
contradictoria, el acto de dar a luz habla de vida, pero el pecado hace
todo lo contrario, da a luz muerte).
Así que, si entendemos con seriedad esta dinámica, sabremos que nuestras
inclinaciones pecaminosas descontroladas van a traer muerte a nuestras
vidas. Por eso no es necesario esperar a sufrir los dolores de las
consecuencias; podemos establecer una primera salvaguarda y es poner el
pecado al descubierto.
Identifica tus debilidades, ora persistentemente para que Dios te dé
fortaleza ante ellas y ponlas al descubierto. Pide apoyo en oración y
busca hermanos maduros que te llamen a cuentas. La lucha contra el
pecado es una cruel batalla campal, no la tomemos a la ligera. El pecado
es tan serio, y requiere medidas tan drásticas para su solución, que
solamente la misma muerte del Hijo de Dios podía darle solución. Si Dios
tomó medidas tan drásticas en torno al pecado, no seamos blandos en el
trato de nuestro propio pecado.
2. Traza tus propios límites y haz que tu familia y amigos los conozcan.
Si sabes que no te conviene estar solo
con una computadora o un dispositivo electrónico a altas horas de la
noche, sé claro en establecer límites. Deja tu celular en otra
habitación a la hora de dormir, diles a tus amigos que no respondes
mensajes después de cierta hora, y pídele a tu esposa e hijos que te
ayuden a adquirir y mantener ese hábito. Proverbios 22: 3 dice: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño”.
Podemos comportarnos como simples o necios al exponernos a situaciones
de debilidad sabiendo que pueden conducirnos a nuestra caída.
3. Establece principios claros en tus interacciones con personas del sexo opuesto.
Hay normas elementales que en ciertos
entornos pueden ser obvias, pero que en otros casos son tomadas a la
ligera. Lo que para algunos puede sonar obvio, para otros puede ser
nuevo, pero considera practicar lo siguiente:
- Un
pastor, anciano o líder en la iglesia no es la persona indicada para
dar consejería individual o discipulado personal a una mujer. No des
lugar a conversaciones o encuentros a solas con mujeres. Haz que esto
sea claro para todos en tu entorno, y designa mujeres creyentes sabias y
maduras a quienes puedas encargar la atención de otras mujeres.
- Ninguna
situación justifica estar a solas con otra mujer que no sea tu esposa.
No lleves a otra mujer que no sea tu esposa o familiar muy cercano, en
tu carro. No visites a mujeres que están solas, ni en sus casas, ni el
hospital. En esos casos busca la compañía de otro hermano o de tu
esposa.
- No
sostengas conversaciones electrónicas con mujeres diferentes a tu
esposa o familiares cercanas. El pecado no es una línea que se cruza
sino una senda que se sigue. Muchos adulterios surgieron de
conversaciones inocentes o interacciones casuales que no tuvieron
control y cada vez fueron más y más profundas, despertando emociones y
sentimientos pecaminosos, que luego se convirtieron en acciones.
4. Sé transparente en el uso del teléfono móvil o dispositivos electrónicos.
¿Cómo reaccionas cuando alguien toma tu celular? Si bien hay lugar para
el respeto a la privacidad, y todos tenemos conversaciones privadas que
no deben ser vistas por otras personas, también es verdad que cuando
tenemos una conciencia limpia y tranquila gozamos de la libertad de no
tener cosas que ocultar. Considera las siguientes preguntas:
- Si estas casado, ¿tu esposa tiene libre acceso a tu celular en cualquier momento?
Esta es una buena salvaguarda, el
poder tener una consciencia limpia acerca de los usos que damos a
nuestros dispositivos nos permite actuar con transparencia de tal forma
que las personas cercanas a nosotros puedan usarlos sin tener sospechas o
sin que nosotros tengamos miedo de que vayan a encontrar algo indebido.
Si no estás casado, ¿hay familiares cercanos, ya sea tu padre o madre,
tus hermanos o incluso amigos que pueden tener ese tipo de acceso a tus
dispositivos? Es bueno que abramos espacios que nos ayuden a la
rendición de cuentas y sean de protección para nosotros.
- También
para quienes estamos casados, ¿sin importar las circunstancias, tu
esposa o tus hijos pueden contar con que pueden llamarte en cualquier
momento, y saber que vas a responder y que sabrán dónde te encuentras y
con quién estás?
Sin duda, todos tenemos ciertos
momentos u ocupaciones que nos impiden recibir llamadas en todo momento.
Sin embargo, dentro de lo razonable en cuanto a horarios y compromisos,
¿estas cultivado transparencia en tu vida, de tal forma que en
cualquier momento puedes informar dónde estás y qué estás haciendo?
Asegúrate de que en tu vida siempre haya una persona que pueda estar
enterada la mayor parte del tiempo dónde te encuentras, qué estás
haciendo y con quién estás.
5. Rinde cuentas
La rendición de cuentas es un medio de
protección que muchos han elegido ignorar. Lamentablemente, muchos de
los escándalos de fallas morales de parte de pastores y líderes
cristianos muestran un común denominador que tiene que ver con la falta
de rendición de cuentas.
Hombres que Dios ha usado poderosamente en diversos entornos, han
terminado arruinando sus vidas, familias y ministerios porque optaron
por el secreto, por ocultar ciertos comportamientos y no dar lugar a que
otras personas cuidaran de ellos.
He observado que muchos son renuentes a la rendición de cuentas porque
no les gusta responder preguntas difíciles, o porque les cuesta trabajo
ser totalmente honestos. Y es verdad que es incómodo responder preguntas
difíciles, especialmente cuando nos avergüenza reconocer nuestra
debilidad; pero, por encima de todo, debemos recordar que la rendición
de cuentas es para nuestra protección. Muchos matrimonios y familias se
habrían salvado de la destrucción y de muchos dolores si en las vidas de
aquellos hombres hubiera habido personas que los amaran lo suficiente
como para confrontarlos, llamarlos a cuentas y animarlos a andar en la
verdad.
Considera qué otras prácticas puedes implementar en tu vida para
proteger tu pureza. Asegúrate no solo de involucrar a otros para que te
llamen a cuentas, sino también procura a ayudar a otros en el desarrollo
de su carácter y a establecer salvaguardas para su pureza.