¿Estás bien encaminado para terminar
bien? Quizás esta parezca una pregunta prematura para los hombres más
jóvenes, pero una sombría realidad del ministerio cristiano es el enorme
número de hombres que no pueden terminar bien. Muchos abandonan
espiritualmente mucho antes que sus cuerpos se rinden físicamente. Lance
Witt, en su libro “Reabasteciendo el alma del líder”, escribe: “En
Estados Unidos, 1500 pastores dejan el ministerio de manera definitiva
cada año”. ¡Es alarmante!
Witt se refería a los pastores tradicionales, pero ¿qué de los ancianos?
Desconocemos la cantidad de aquellos que se agotan, pero ¿cuántos
conoce usted que una vez caminaban bien, sirviendo al Señor fielmente
con entusiasmo, pero que ahora han desaparecido, se han agotado o bien
han optado por la neutralidad y ya no hacen ningún tipo de impacto para
el Señor? O es posible que todavía sean parte del concilio de ancianos
incluso después de bien pasada su “fecha de efectividad”, pero
claramente su liderazgo espiritual ha desaparecido.
Al leer la última sección del capítulo 4 de la segunda carta de Pablo a
Timoteo, vemos que la realidad del fracaso en el ministerio no le era
algo desconocido a aquel que discipuló y aconsejó a muchos hombres
jóvenes fieles. Casi podemos oír el suspiro de Pablo. Pero, fuerte hasta
el mismo final, su entusiasmo por aquellos que continúan fielmente en
su servicio es muy evidente.
Algunos ejemplos
Alguien que “hacía bien” era Timoteo. El experimentado Pablo le había
escrito a su consiervo más joven para estimularlo. Pero ahora era Pablo
el que necesitaba la ayuda de Timoteo: “Procura venir pronto a verme”
(v.9). No sabemos cuál era precisamente la urgencia, pero es posible que
el clima tuviese algo que ver, si nos basamos en que pidió que viniese
antes del invierno (v.13). Necesitaba su capote y una actualización de
su biblioteca. A su edad avanzada, sabía muy bien que el tiempo precioso
que le quedaba en la tierra debía ser optimizado.
En realidad, sí trasmite el motivo de la urgencia; la dispersión de
todos, con excepción de unos pocos de su equipo de colaboradores. “…
Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica”
(v. 10a). Qué comentario tan triste, sucinto y sin mayor elaboración ni
justificación; Demas simplemente había abandonado totalmente el servicio
al Señor. “Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia” (v. 10b).
Sin embargo, no hay implicancia alguna de que Crescente y Tito
estuvieran retratados con el mismo pincel que Demas. Tito se mantuvo
fiel en el ministerio, pero se había mudado a la región del Mar
Adriático desde Italia. En realidad, las necesidades de aquellos en
Creta requerían que Tito se quedara un tiempo más para edificar las
iglesias allí. Esto surgió por pedido de Pablo (Tito 1:5), que demuestra
que Pablo tenía una mayor preocupación por el bienestar de la iglesia
en Creta que por su propia necesidad de que sus colaboradores estuviesen
con él. Crescente solo es mencionado en las Escrituras aquí, así que
sabemos muy poco de él, pero aparentemente el apóstol también extrañaba
su compañerismo en la obra. El asunto es que Pablo tenía necesidad de
ayuda. ¿Alguna vez has sentido lo mismo?
“Sólo Lucas está conmigo” (v. 11ª). Un compañero frecuente de viaje de
Pablo y el autor del relato del tercer Evangelio, Lucas permaneció hasta
el final del registro histórico (nota el uso del pronombre de la
primera persona del plural en Hechos 28:14). “Toma a Marcos y tráele
contigo, porque me es útil para el ministerio” (v. 11b). Aquél que había
sido puesto a un lado en el ministerio, al menos a los ojos de Pablo,
había sido restaurado al servicio, otra vez, a los ojos de Pablo. La
consejería de Bernabé aparentemente había dado su fruto (ver Hechos
15:39), y el relato nos brinda esperanza a todos nosotros que por
momentos habremos fallado.
“A Tíquico lo envié a Éfeso” (v. 12). Pablo era como un general enviando
a sus tenientes en la gran y bien coordinada marcha del Reino de Dios
al mundo. Él los había entrenado a todos y ahora estaban desplegados a
lo largo del Mediterráneo occidental. Pero, a medida que cada uno salía,
Pablo sentía profundamente sus propias necesidades.
El capote y la biblioteca
Por último, le da instrucciones a
Timoteo: “Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de
Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos” (v.13). De estos
versículos que muy a menudo pasamos por alto en nuestras Biblias podemos
descifrar mucho de los movimientos logísticos de los recursos y de
personal, en el ministerio apostólico. Pablo necesitaba sus materiales
de estudio. Solo podemos conjeturar las circunstancias que provocaron la
separación de Pablo de su biblioteca y por qué la necesitaba en esta
coyuntura. ¿No sería fascinante conocer los libros que tenía en su
listado de lectura? Al momento de escribir su carta, la forma de
escribir en códices (similar a la encuadernación de libros del presente)
se volvía común, permitiendo que el transporte de libros fuese menos
molesto que el de los pergaminos; de ahí el pedido más bien casual de
Pablo. Seríamos negligentes si no sugiriésemos que cada anciano, como
Pablo, debería armar una buena biblioteca de recursos de ayuda para el
estudio y aplicación de la Palabra de Dios.
Haciendo frente a la oposición
“Alejandro el calderero me ha causado
muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. Guárdate tú
también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras”
(vs. 14-15). Pablo continuamente advertía acerca de los falsos maestros y
sus constantes métodos. ¿Cuánto más debe un hombre de Dios mantenerse
firme contra los reiterados ataques a la iglesia? Uno de los papeles más
importantes de los líderes en la iglesia es la de “mirar… por todo el
rebaño de Dios” (Hechos 20:28).
“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me
desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi
lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y
que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león. Y
el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino
celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v.
16-18).
El apóstol Pablo conocía la resistencia firme; ¡incluso estando solo en
medio de la lucha espiritual! Ese es un aspecto colateral del
ministerio; si estás sirviendo al Señor, el enemigo se te enfrentará con
desánimos de todo tipo. Uno de los desalientos más grandes para el
líder es la soledad en el ministerio. A menudo el líder de Dios se
siente abandonado, sin apoyo, desatendido o marginado. Ante semejantes
escollos, continuar y terminar bien solo puede ocurrir si tomamos
fuerzas del Señor. Pablo conocía esta fuerza, a pesar de su debilidad (2
Corintios 12:9).
Finalmente, el apóstol trasmite saludos a sus queridos amigos de Éfeso,
Prisca y a Aquila (v.19, ver Hechos 18) y a la iglesia en la casa de
Onesíforo. Otros que habían estado con él, pero ahora estaban en otros
sitios incluyen a Erasto y Trófimo (v. 20), quienes alguna vez habían
sido sus compañeros de viaje.
Saludos finales
Por último, Pablo envió saludos de
parte de los cristianos del lugar desde donde estaba escribiendo.
Mencionó a cuatro individuos por nombre, junto con otros mencionados
colectivamente como “los hermanos” y esto agregándolos a los enumerados
previamente quienes, por contraste, habían sido sus compañeros de viaje.
Pablo siempre estimuló la comunicación y la comunión entre las
distintas iglesias como puede notarse en sus frecuentes mensajes de
salutación.
En este caso, algunos estaban terminando bien, como el apóstol Pablo,
Lucas, Timoteo, Tito e incluso Marcos, pero había otros que
lamentablemente no.
¿Qué se podría decir de nosotros al final de nuestra carrera? ¿Cómo
quieres terminar? En mi caso tuve la oportunidad de conocer a un
discípulo que a sus 86 años de edad todavía dio evidencias de ir rumbo a
un buen final en su vida. Desde su juventud se dedicó a servir al Señor
con todas sus fuerzas. Progresó en su trabajo llegando a ser capataz
principal de una fábrica, y se retiró después de 35 años de trabajo
secular. Pero, aún más importante, sirvió como anciano en su iglesia
local, y amaba a los creyentes. Él fue formado en el pastoreo de la
gente poco antes de cumplir 30 años de edad, y sirvió por casi 60 años,
la mayor parte del tiempo mientras seguía activo en un trabajo secular.
Al retirarse, simplemente hizo un cambio de marcha y pasó a dedicar más
tiempo al servicio del Señor y su pueblo, incluyendo un sinnúmero de
viajes misioneros, visitas a hogares de ancianos y organizando
conferencias. Mientras otros usaban su tiempo de jubilación cómodamente,
él estaba incansablemente visitando enfermos, aconsejando a los
oprimidos, guiando a la grey y enseñando la Palabra. En realidad, uno de
sus esfuerzos más significativos fue discipular a dos jovencitos que
demostraron interés en crecer espiritualmente. ¡Oye bien!, un hombre de
80 años reuniéndose semanalmente con dos adolescentes de 12 años para el
estudio de la Palabra. Eso, mis amigos, ¡es terminar bien!
Hacia el final de sus días su memoria fallaba y se le hacía difícil
mantener una conversación, o recordar lo que había ocurrido en la mañana
o qué día de la semana era. Mucho de su tiempo lo pasaba simplemente
caminando o sentado en su sillón. Pero, seguía pensando en el Señor,
leyendo su Biblia y orando; y le encantaba estar con el pueblo de Dios.
Mientras que su capacidad de tomar decisiones de rutina en el liderazgo
espiritual fue menguando, le resultaba fácil orar. Su corazón permaneció
orientado hacia el Señor. Conocí ese hombre muy bien porque fue mi
suegro, y hoy es mi ejemplo de servicio fiel como anciano del pueblo de
Dios.
¿Quieres terminar bien? Esto puede ocurrir cuando una vida está dedicada
de todo corazón al Maestro, viviendo bien en cada etapa de la vida y
ministerio, nunca desistiendo, nunca abandonando la obra que Dios te ha
llamado a realizar en cualquier etapa de la vida en que te encuentres.
La gracia sea con vosotros. Amén.